La expedición olvidada al salto Ángel de Ruth Robertson y Alexander Laime - Capítulo III

Navegábamos por el río Carrao a las cinco de la mañana de un día de agosto de 1984.

El amanecer aún oscuro resplandecía con los relámpagos que intermitentemente quebraban las nubes y alumbraban los rápidos de Mayupa, permitiéndole al proero indicarle al capitán de la curiara la mejor forma de cruzar el raudal. De pronto, las primeras enormes gotas comenzaron a caer, estrellándose en el río como pequeñas piedras, hasta que el cielo volcó sobre nosotros auténticos torrentes de agua. Avanzado el día, el tiempo mejoró y al acercarnos a la isla Orquídea, en la desembocadura del río Ahonda en el río Carrao, las paredes del Auyantepuy se veían cercanas con innumerables cascadas que se precipitaban al vacío desde la cima. Mientras mi compañero pemón se adentró en la isla para contactar con el Ermitaño, yo esperaba dándome un chapuzón en las aguas rojizas del Carrao que semejaban al color del té. El indio regresó y me comentó que era bienvenido. El Ermitaño era tratado por los indígenas de la zona con mucho respeto, como una suerte de ser místico, y cuidaban celosamente el ingreso de forasteros a la isla Orquídea, que era el hogar de Alexander Laime.

Ya era mi tercera visita. La primera fue en 1979, después de una exitosa expedición al monte Roraima con Tim Cahill, Michael K. Nichols y Mark Stock, de la revista estadounidense Geo Magazine, pero a pesar de haber compartido con él en otras oportunidades, el protocolo de visitas continuaba intacto.

Laime me recibió en la puerta de la choza en la que vivía desde 1960. Su estructura estaba hecha con troncos y las paredes con corteza de árboles. Tenía un segundo nivel, donde dormía para protegerse de las alimañas e inundaciones. El techo era de hojas de palma y al lado había un huerto donde cultivaba cambures, pepinos y caña de azúcar. También tenía algunas matas de mango, de naranja y de limón. Laime se mostraba pensativo y me aceptó una caja con víveres que le había llevado de obsequio. “Tengo algunas ideas aún pendientes por aclarar en mi mente”, me comentó mientras observaba un capullo de gusano de seda que tenía sobre su escritorio de tres patas. También tenía tres piedras lisas del río a las que les había dibujado caritas sonrientes para que lo contemplasen mientras leía. En ese momento estaba leyendo Por el mar de Cortés, de John Steinbeck. “Tengo que encontrar el significado... Cuando piensas, sueñas, se trata de despertar de un pensamiento para trasladarlo a un estado mental claro y despejado en el que veo imágenes que poco a poco se van aclarando”.

salto Ángel

Laime nació el 9 de julio de 1911 en Riga, Lituania. Siempre fue un aventurero. A los 15 años aprendió los principios básicos de la navegación, y junto con algunos amigos robó un velero y viajaron a Liepaja. Planearon navegar hasta Suecia a través del mar Báltico, pero debido a una tormenta fueron arrastrados a la isla de Saaremaa. Se fue a París a los 16 y desde ahí viajó a pie a través de Francia. En Marsella se embarcó en un mercante hasta Egipto, donde vivió en El Cairo durante varios meses hasta que sus padres le enviaron dinero para el viaje de regreso a casa. Estudió en la Escuela Técnica de Riga y se graduó de agrimensor. En 1939 planeó navegar desde su ciudad natal a África, pero debido al comienzo de Segunda Guerra Mundial fue detenido en Kiel, Alemania. Sin embargo, logró llegar al continente africano a través del Reino Unido y España.

En 1940 llegó a Venezuela, donde consiguió empleo en una compañía petrolera como agrimensor, rama de la topografía destinada a la delimitación de superficies y derechos sobre ellas; este trabajo le permitió explorar zonas muy remotas en las selvas venezolanas. En 1942 visitó Canaima y se estableció allí y, junto con el piloto Charlie Baughan y el holandés Rudy Truffino construyeron una pista de aterrizaje y dos cabañas de piedra para el turismo.

salto Ángel

Laime tomó de un estante una caja repleta de recortes de periódico y revistas en los que aparecía participando en diversas expediciones. Una de ellas era la National Geographic de noviembre de 1949. Allí salió publicada la expedición al Salto Ángel que dirigió la periodista estadounidense Ruth Robertson, con quien navegó en curiaras propulsadas a remo por los ríos Akanan, Carrao y Churún durante 15 días para continuar a pie por la selva y el río hasta llegar a un lugar donde la visual de la cascada era completa y pudieron medirla con precisión: 979 metros con 66 centímetros de altitud. También en esa expedición se abrió camino ascendiendo por la selva hasta lo que hoy se denomina “el Mirador de Laime”, para traspasar el arcoíris y llegar a la pared por donde cae el Salto Ángel. En 1955, junto con el capitán pemón Florentino Caraballo —a quien tuve la oportunidad de conocer—, Laime dirigió una excursión a la cima del Auyantepuy hasta el avión Flamingo que piloteó Jimmy Angel cuando se estrelló en la cumbre.

También minero, Laime contó que en una oportunidad en que estuvo trabajando en una mina escuchó ruidos en la selva. Era Anatoly el Ruso y cinco italianos contratados por él, todos armados. Laime tomó su rifle Winchester y Anatoly le dijo: “Ahora tomamos posesión de esta mina”. El lituano le repicó que esa mina era de él. “Puede ser… pero como podrás ver, nosotros somos seis y estamos armados”, a lo que Laime le respondió: “Yo igual tengo seis balas” y se metió en un refugio. Los italianos desistieron y se retiraron, al igual que Anatoly, quien desapareció años después cuando atravesaba la laguna de Canaima para dirigirse a su casa y los raudales se lo llevaron aguas abajo.

Laime siguió rebuscando en la caja hasta que encontró un dibujo de lo que parecía un animal prehistórico. Fue en 1955 cuando llegó a los restos del avión de Angel. Caminaba por el río y vio a lo lejos tres figuras parecidas a unas focas de color oscuro asoleándose en unas rocas. Al acercarse se percató de que no eran focas: tenían el cuello largo y cuatro aletas de aproximadamente un metro de envergadura; en cuanto lo vieron se sumergieron en la profundidad del agua. Parecían plesiosaurios. Buscó otro cuaderno en el tenía unos escritos que relataban que el Macizo Guayanés estuvo conformado por inmensos depósitos de arena que se elevaron desde el mar hace 70 millones de años. Si tantos miles de kilómetros cuadrados habían surgido del mar, seguramente también se elevaron animales marinos junto con la tierra, y el plesiosaurio pudo haber subsistido y evolucionado hasta convertirse en un animal más pequeño y de agua dulce. “He regresado a ese sitio en varias oportunidades y no los vi más, quizás eran los últimos y ya se extinguieron”, dijo. Cuando le pregunté a mi amigo y explorador Charles Brewer-Carías por la existencia de estos animales, me comentó que algunas personas aseguran haberlos visto pero que, en caso de existir, vivirían en la selva y no en la cumbre del tepuy.

salto Ángel

Distingo en la caja una foto familiar con una preciosa mujer y un niño, le pregunté por ellos. El Ermitaño me respondió, con los ojos aguados, que eran su mujer y su hijo, quienes se radicaron en 1960 en Estados Unidos, donde recibieron la visa de residencia. La alternativa era irse con ellos o esperar allí, en la isla Orquídea, durante muchos años. Laime les dijo que se fueran, que él tenía que quedarse ya que no había concluido su trabajo.

Inmediatamente cambió el rumbo de la conversación y me enseñó un dibujo del Wey-Tepuy, que son unas elevaciones gemelas llamadas también “el Sol y la Luna”. “He estado observando el sol cuando nace entre esas dos montañas; también la luna se pone hacia el este, pero ligeramente entre esas montañas y, según mis cálculos, en unos cien años, con la inclinación de la Tierra por el deshielo, el sol estará naciendo a la vez que la luna se estará poniendo entre esas dos montañas. ¿Qué querrá decir eso?”, me dijo con la mirada perdida y brillante mientras acariciaba el capullo de seda. “Si la muerte es mágica, luego la vida es más importante. Estoy despierto por las noches y mientras sueño sé que estoy consciente, que me retiro a un lugar interior en donde veo ciudades y bosques, veo que estoy envejeciendo, pero no lo siento pues estoy soñando y viviendo fuera del tiempo…”.

Laime, el Ermitaño, habitó en la isla Orquídea del río Carrao durante 34 años. Todo ese tiempo vivió solo. El 20 de marzo de 1994, como era costumbre, llegó por el río Churún para el acopio de alimentos y suministros para el próximo mes. Habló con la esposa de Ramón Jiménez y se quejó de dolores en el pecho. Le comentó que el final estaba cerca. Había dicho que quería subir a morir en el gran tepuy, el Auyantepui. Luego se dirigió a Wakü-Lodge para reunirse con mi amiga Mary García, quien le ayudaba a vender unos mapas descriptivos que él elaboró de la zona. Fue encontrado muerto en el baño a consecuencia de un ataque cardíaco, a los 82 años. Laime se llevó varios secretos y misterios aún por develar en este mundo mágico de leyendas. Aunque las cosas no están igual en la zona, hoy el imponente río Carrao está cambiando su color té por el del agua turbia y su lecho se está cubriendo de sedimentos. La minería ilegal está haciendo estragos en el ecosistema, justo a los pies de nuestro orgullo mundial: ¡el Salto Ángel!